viernes, 4 de noviembre de 2011

postheadericon TÍO RUFINO, EL COLMENERO

Relato a cargo de Jesús Crespo, que es, entre otras muchas cosas, veterinario especializado en apicultura, hijo de apicultor y "jurdano" de nacimiento, por lo que lleva la apicultura y la comarca extremeña de Las Hurdes corriendo por las venas. 
El presente escrito recibió una mención especial en un concurso de narrativa apícola organizado por la revista Vida Apícola.

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Cuando ese frío amanecer de principios de febrero los primeros rayos de sol alumbraban la torre de la iglesia, la solitaria campana ya dejaba, flotando en el aire, el afligido eco de secos golpes espaciados entre sí unos segundos. Toque a muerto. 

Asomada al cuarterón de su puerta la Tía Paulina vio salir de la casa de sus vecinos a D. Luis, el Sr. Cura, y le observó mientras se alejaba calle abajo, con paso cansino, dando pataditas a una piedra. Inmediatamente, casi tan rápido como el nudo que se le formó en la garganta, comprendió por quién lloraba la campana esa mañana. La Tía Paulina, además de vecino, consideraba al Tío Rufino como un miembro más de su familia.

Hace décadas, un agobiante día de agosto, posiblemente el día más caluroso de aquel año, el hijo pequeño de la Tía Paulina, Sebastián, llegaba corriendo a casa, con la cara desencajada y gritando a todo pulmón: ¡Fuego!, ¡Fuego!, ¡Fuego!. Desde la puerta señalaba la columna de negro humo que se veía subir desde Las Eras. Cuando llegaron la última carga de cereal acababa de arder. Lo que ese día Sebastián lloró en los brazos de Tío Rufino habría sido suficiente para apagar aquel fuego. Hoy se encontraba en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho, sentado en una vieja silla de bayuco. Sus ojos tristes miraban, sin ver, el ataúd que se encontraba colocado en el centro de la pequeña y oscura habitación. Rezaba por el alma del Tío Rufino El Colmenero. ¿Qué habría sido de él y de su madre, viuda desde que él tenía dos años si no les hubiese ayudado?. Después del incendio le había propuesto a él llevar a medias sus colmenas, y eso les salvó del hambre:

- “A medias, Sebas. Te dejo la mitad de los corchos. Tú los cuidas, los enjambras, los castras, los mudas de sitio si es menester. Al final del año que viene echamos cuentas”.

El día de San Silvestre del año siguiente cuando Sebastián, que ya lo apodaban “El Abejero”, fue a saldar la deuda, Tío Rufino sólo le pidió que le devolviese la mitad del número de corchos que le había dejado y que hiciera a la Santísima Virgen de la Peña una ofrenda de cera, la que él considerase adecuada. Y vaya si lo hizo. Sebastián no sólo tenía que dar gracias a la Virgen, porque también se había encomendado a Dios Todopoderoso y había pedido la intercesión de Todos Los Santos y parece que después de las penurias que le habían hecho pasar, éstos le habían ayudado. Tío Rufino le dijo que ese había sido la mejor añada para las colmenas que el había conocido en toda su vida.

Sebastián el apodo de Abejero se lo había ganado a pulso, gracias a las enseñanzas del Tío Rufino. El arte de “cazar colmenas” le había dicho.

- Ni pisca de prisa, muy despacio, que el tiempo lo dan dao. Todo oídos y mirando pa´ toos laos. Lo mejor son las fuentes y las regateras. Te paras y miras el ir y venir de abejas que se acercan a beber. Fíjate por donde se van. Hacia allí te encaminas y atento al zumbido que seguro que has de encontrar la colmena.

Sebastián encontraba en el Tío Rufino el padre que casi no conoció. Recordaba con especial cariño lo que le sucedió en La Regajera, el paredón donde su familia tenía sembrado unos pocos nabos y algunas berzas. Era una serena mañana de mayo, tendría entonces diez años, ese día se encontraba allí, sin nadie que le ayudase, limpiando de malas hierbas el pequeño huerto, cuando de repente sintió como algo punzante se clavaba en su tobillo e inmediatamente notó como un insoportable dolor ascendía por su pierna no pudiendo evitar caer al suelo. En ese momento, con sus mejillas tocando la tierra que ya comenzaba a mojarse con sus lágrimas, acurrucado y temblando, vio como un alacrán se escondía entre las piedras del muro. El Tío Rufino acudió a sus gritos, le tranquilizó, le habló con dulzura y en brazos le llevó bajo la sombra del cerezo grande, el que crecía en el extremo opuesto del huerto. A Sebastián no le disminuyó el dolor hasta que unos minutos después, que a él le parecieron siglos, el Tío Rufino volvió para aplicarle mediante una friega una pasta hecha con barro y cebolla chilrre que buscó y encontró junto al río. Desde aquel día había aprovechado las tardes de invierno que se sentaban a la solana, en el poyo situado entre las dos casas, para que el Tío Rufino le enseñase todo lo que sabía de abejas y de yerbas.

Así, mientras el maestro preparaba los corchos, colocándoles los témpanos, ajustándoles las tranquillas o sacaba punta a los viros hechos de jara, iba Sebastián aprendiendo que el enjambre lo compone la maesa o maestra, que es la que pone la “calesa”, que son los huevos de los que salen las abejas obreras, que hacen el panal y traen la miel. Que los zánganos no tienen “jerrón” y que son los que fecundan a la maestra y que después las obreras los matan, porque lo único que hacen es comerse la miel. Que cuando enjambran varias veces salen “garapitos” que no valen para nada, sobre todo si son tardíos. Se iba formando el Abejero con la sabiduría del Colmenero. Aprendió que la buena miel era la de los “berezos”, la retama, los tomillos, la madroña, los pimpájaros o la argamula. También aprendió que si caían tormentas en agosto se melaban las bellotas y se podía dar un corte en el otoño. Lo que no entendía es cómo no sacaban miel de las jaras. Tío Rufino le enseñó que de la jara sólo sacaban polen, que lo llevaban en las patas para alimentar el pollo, y que lo guardaban en los panales: “el tarro” lo llamaba.

El Colmenero era un conocedor de los secretos de las plantas y le gustaba enseñar. Un machacado de abiloria se usaba para pescar bogas en los remansos del río; con el agua de cocer la corteza del acebo se podían curar los cólicos de las bestias; una infusión de torvisco podía librar de lombrices a sus cabras. El ricino como laxante, la belladona en colirios para los ojos, el boj para la fiebre, el pepinillo del diablo para hacer vomitar. La mejor pomada para las quemaduras cera con aceite de oliva y para las heridas infectadas era mano de santo un ungüento hecho de cera, aceite, azufre y miel.... En fin, tenía una botica a su alrededor.

Se podría decir que todos los vecinos de la alquería, apenados, quejumbrosos, tristes, cabizbajos, pasaron ese día por casa del Colmenero. En la alquería la pérdida de un hombre así constituía un duro golpe para la sencilla vida de estas gentes. Para muchos había sido lo más parecido a un maestro que habían tenido, o a un médico, o un veterinario, un juez y a veces incluso a un cura. A todos les había enseñado algo, curado algo, a ellos mismos o a sus animales y más de una vez había impartido justicia en las peleas de los mozos, incluso había escuchado las confesiones que tras unos vasos de vino o de hidromiel le hacían sus paisanos y siempre había sabido darles un sabio consejo, a veces era suficiente algún refrán. “De las abejas la miel, y de la boca del sabio el saber”.

Goyo, el quinto hijo de Tío Rufino, con lágrimas en los ojos, colocó cuidadosamente junto a las manos cruzadas del difunto el sombrero negro de éste. Era asombroso el parecido físico del padre y el hijo. Goyo había nacido tres meses después de comenzar la guerra, cuando ya pasaban casi dos años de la muerte de su hermano. “Una mañana amaneció con unas calenturas que lo consumieron en dos días”, le había contado su madre. Otros tres hermanos suyos habían muerto antes, dos durante el parto y el tercero de sarampión. Miró a sus hermanos vivos, mostraban un rostro sereno pero tan triste como el suyo, después contempló el rostro de su madre y en ese preciso instante evidenció lo que habrían sufrido sus padres por todos ellos. Recordó las noches junto a la lumbre, cuando les contaban historias de fantasmas y jáncanas y se sintió feliz. Feliz de haber tenido la suerte de haber nacido en una familia así. Feliz de tener el oficio que tenía su padre. Feliz de haber heredado su mote, porque lo llevaba en la sangre. Le parecía curioso cómo en un día tan triste le venían a la mente recuerdos y anécdotas que habían sido alegres. Recordaba de sus padres la alegría que mostraron en la boda de su hermana pequeña y lo contentos que estaban cuando bautizaron a su primer nieto. Y de lo ancho que se ponía cuando le decían: “Sale al abuelo”. Goyo el Colmenero recordó ese día. Tío Rufino se había presentado ese día ante el cura con una vasija: “agua de mis abejas” le dijo. Agua del Manaero de la Roáguila, la fuente que estaba al lado del “siento” de la Portilla-pino. “Agua Santa”, le contestó el párroco, que antes de bautizar al niño vio por la ventana que un enjambre estaba posado en el olivo que se quedaba a la derecha del altar mayor. “Rufino, no hacía falta que te las trajeses”, dijo sonriendo en el sermón.

Más tarde cuando camino del cementerio, el féretro al hombro, mirando al monte, recordó las palabras que como un profeta le había dicho su padre cuando vio las Layens por primera vez:

- “Un día estas sierras estarán llenas de colmenas. Valen para ello. Acuérdate de lo que te digo, hijo.”

Fue entonces cuando Goyo se dio cuenta: “Ahora sí que Las Hurdes ya no volverían a ser lo que eran”. Había muerto un sabio del pasado, un hombre sereno. Había muerto Tío Rufino El Colmenero. Descanse en Paz.

          Fdo.: Jesús Crespo



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P.David Quesada
Extremadura, Spain
Me licencié en Veterinaria,especialidad de Zootecnia y Producción Animal, aunque siempre me interesé por animales y seres más propios de un biólogo. Me embeleso, casi medito, observando el ir y venir de las abejas por la piquera y escuchando el zumbido del colmenar.
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